El derecho que nos quedaron debiendo.

por Laura Andrea Torres


 

Los argumentos de quienes se oponen a la despenalización del aborto van desde la prevalencia de los derechos de un bebé, hasta la supuesta alcahuetería del Estado frente a la irresponsabilidad de las mujeres. Me han dicho que legalizar esta conducta es acolitar las pésimas decisiones que las mujeres (principalmente) y los hombres han tomado frente a su sexualidad. También me han dicho que el bebé no tiene por qué pagar las consecuencias de los actos de sus padres, que ellos no tienen la culpa de ser un embarazo no planeado. Listo, son respetables pero discutibles estas posturas. Para mí la discusión de fondo no es si el no nacido tiene la culpa o no, o si sus futuros padres son unos irresponsables. El debate que realmente se tiene que dar es qué derechos se están violando al penalizar el aborto y cómo la sociedad, tanto jurídica como política, ha justificado esto. A continuación  una serie de mentiras que nos han echado la vida entera para no garantizarnos un derecho que nos merecemos. 

Mentira número uno: la creación de leyes y su interpretación es neutral, no está sesgada. Que existan normas como el artículo 122 del Código Penal, que es aquél por el que se da esta discusión, evidencia la existencia de una sociedad patriarcal. Sí, sí, este discurso feminista que tanto odian algunas personas no viene de la nada. Es un error ignorar que en la construcción de leyes las ideologías juegan un papel vital. Tanto las personas que hacen las normas (en Colombia el Congreso) como quienes las interpretan y aplican, es decir, los jueces, guían este proceso bajo una ideología. Duncan Kennedy, un teórico jurista, ha escrito acerca de la presencia de las ideologías en la creación de normas, y cómo el derecho termina siendo una lucha política. En ocasiones esta conducta es inconsciente, mas no menos real. La ideología detrás de la penalización del aborto es patriarcal. ¿Por qué? El género es un sistema político ya que condiciona ciertas relaciones de poder en las que un grupo es subordinado: las mujeres. A nosotras se nos discrimina por el simple hecho de ser mujeres, y esto se evidencia cuando a través de las leyes se perpetúa esta condición y como resultado se nos niegan derechos que deberíamos tener, como el del aborto. No malinterpreten mi argumento. Yo no estoy diciendo que cada una de las leyes de este país son patriarcales, sino que detrás de cada norma hay una carga ideológica. Que algunas de las leyes tengan una carga ideológica patriarcal es la discusión que quiero dar acá. ¿Por qué las posiciones morales de quienes se oponen al aborto, de aquellos que hicieron las leyes, deben limitarnos a las mujeres? ¿Por qué su posición tiene que inmiscuirse en nuestra intimidad? Les explico mejor esto en el siguiente punto.

Mentira número dos: los hombres y las mujeres somos iguales y por tanto, merecemos el mismo trato. Si bien el movimiento feminista lucha porque a las mujeres se nos considere de la misma manera que a los hombres, cabe hacer una aclaración. La lucha feminista es por la equidad, no hay que confundirse: debemos entender que hombres y mujeres somos distintos, pero esta diferencia no implica que se nos discrimine negativamente a nosotras; el género no puede ser motivo de marginalización. Una sociedad perpetúa la desigualdad de género cuando les da exactamente los mismos derechos a los hombres y a las mujeres, bajo el argumento de que somos iguales. Catharine MacKinnon, abogada feminista, afirma que ignorar las problemáticas de género y asumir que las condiciones de los hombres por razón de género cobijan también a las mujeres es creer, erróneamente, que no hay desigualdad de sexos. A un hombre no se le puede garantizar su derecho a abortar porque no puede quedar embarazado. ¿Por qué extender esta misma consideración a las mujeres, quienes por naturaleza sí pueden dar a luz? El Estado debería garantizar derechos en la medida que nuestras condiciones los exijan. La penalización del aborto viola el derecho de igualdad de las mujeres al ponerlas en un escalafón inferior frente a los hombres, en la medida que a éstos se les garantizan más derechos. Asimismo, negar este derecho va en contra del derecho a la reproducción, a la libre expresión y a la salud de las mujeres. Si nosotras no decidimos cuándo tener un hijo o no, no somos dueñas de nuestro cuerpo.

Por otro lado, uno de los argumentos que me han dado es que se debe proteger a toda costa al bebé que está por nacer. Mentira número tres: la vida del no nacido vale más que los derechos de una mujer. ¿Tienen más peso los derechos de un feto o los de una persona? La respuesta tiene un tono agridulce: un feto no tiene derechos. ¿Crudo? Sí. Para ser sujeto de derechos se requiere ser considerado persona, calidad que según nuestro Código Civil se otorga desde el momento en el que uno se separa de su madre (art. 90, Código Civil). El nasciturus, es decir, el feto, no se enmarca dentro de esta calificación, por lo que no puede ejercer algo que por su condición no tiene. Pero no crean, la posición del Estado no es tan extrema. El no nacido tiene protección (art. 91, Código Civil), que es una cosa bien distinta a tener derechos. ¿De cuándo acá tener protección es sinónimo de gozar plenamente de un derecho? El argumento de que se debe proteger la vida del no nacido (por encima de los derechos de la mujer) es refutable porque su condición, por feo que suene (nunca nadie dijo que todas las leyes eran amables y libres de herir susceptibilidades) no es equiparable a la de la mujer. Una cosa es que las leyes protejan la vida de un mero proyecto persona, y otra muy distinta es que garanticen el efectivo goce del derecho a la vida de una persona. Ah, y una cosa más. Si tanto se quiere proteger la vida de este futuro bebé, debería estar claro que la vida es defendible, por supuesto, pero no cualquier vida. Un mero proyecto de vida tiene derecho a nacer, pero en condiciones dignas y con un mínimo nivel de vida garantizada. ¿Para qué aumentar el número de personas que viven en la pobreza en este país o que, simplemente no fueron deseadas?

También me han dicho que si se legaliza el aborto, las mujeres van a dejar de ejercer responsablemente su sexualidad porque su método de planificación será interrumpir el embarazo. Mentira número cuatro: legalizar el aborto aumentará el número de procedimientos que se realicen en el país: las mujeres abortan, sea legal o no. No es cierto que despenalizar el aborto implique que las mujeres van a tener relaciones sexuales sin protección y van a abortar como locas. Pero si fuera el caso, la solución a esto no es reprimir una conducta, sino que se debe enseñar que el aborto no es la primera, sino la última opción. Que yo defienda el aborto no quiere decir que me voy a dejar embarazar porque pues ¿qué carajos?, si puedo abortar. No voy a coger de plan de viernes ir a abortar. No, las cosas no son así. En caso de que algo saliera mal y tuviera un embarazo no deseado, me gustaría tener  posibilidad de considerarlo y decir “no quiero ser madre”. La cosa es que en este momento ni siquiera existe esta posibilidad; es un no rotundo. Como dice Florence Thomas: no es ser proaborto, sino prochoice. Y les cuento: hace unos años, el instituto Guttmacher realizó un estudio sobre el número de abortos clandestinos en el país. En el año 2013 se registraron 911.897 embarazos no planeados, de los cuales de 400.412 abortos, tan sólo 3.400 fueron legales. Casi la mitad de las mujeres que quedaron embarazadas abortaron. Asimismo, debido a la falta de información de quienes deciden auto inducirse un aborto, las complicaciones de este procedimiento aumentan, y en muchos casos el resultado es una hemorragia vaginal. Despenalizar el aborto no aumentará el número de procedimientos que se efectúan al año en el país, sólo va a legalizar una conducta que en este momento se está realizando clandestinamente y que es la causa principal de muerte materna. Si se legaliza el aborto no sólo se elimina una norma ineficaz, sino que se protege el derecho a la vida y a la salud de las mujeres al minimizar este número de muertes.

La penalización del aborto es una discusión jurídica, pero además social y moral. Social y moral no porque se lesionen algunas posturas y se hieran susceptibilidades, sino porque la creación de normas como esta tiene un tinte ideológico, que va desde la esfera moral hasta la social: este problema radica tanto en la posición de quienes creen que abortar está mal, que es pecado, como en la materialización de dicha postura en las leyes. Que la Fiscalía esté considerando darle el sí a la legalización total del aborto es un gran paso para que de una vez por todas nos den ese derecho que nos quedaron debiendo.

@lautomar


McKinnon, Catharine, Hacia una Teoría Feminista del Estado, Madrid: Ediciones Cátedra, 1989, pp. 277-304 y 427-446.

Duncan Kennedy, A Ciritique of Adjudication, Cambridge, Harvard University Press, 1997, pp. 133-212.

Prada, E; Singh, S; Remez¸ L; Villarreal, C. Embarazo no deseado y aborto inducido en Colombia: causas y consecuencias. Disponible en https://www.guttmacher.org/pubs/Embarazo-no-deseado-Colombia.pdf

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