Mujeres con pene y hombres con vagina: sí se puede

por Laura Andrea Torres


Hace un tiempo me encontré un canal de Youtube de una chica trans. Unos meses después de haberla empezado a seguir, se hizo una rinoplastia. Me sorprendí (¡y qué sorpresa!) a mí misma pensando “oh, qué linda; cada vez tiene rasgos más finos, como los de una de mujer”. A simple vista no hay nada de malo en mi reacción, sin embargo, detrás de aquel pensamiento hay rezagos profundos y casi invisibles del discurso de género normativo que impera en esta sociedad. ¿Por qué? Pensar de esa forma es creer que ella cada vez es más mujer y que ya no es tan diferente a mí (mujer cis). Y si nos podemos violentos, hasta podría decirse que se estaba convirtiendo en una mujer “normal” y ¡hurra! por eso. ¿Pero y quién soy yo para decir qué es ser más mujer? Es más, díganme ustedes, ¿qué es ser mujer? ¿qué es ser una mujer natural?

Estuve leyendo un texto de Miquel Missé, hombre trans, cuyo objetivo principal es denunciar cómo los discursos de la transexualidad como patología y el papel de la medicina al diagnosticarla como tal hasta hace un par de años, han condicionado la vida de las personas transexuales. Actualmente, la disforia de género es clasificada como una enfermedad. A su vez, el autor argumenta que dicho discurso refuerza la idea de que lo que está mal no es la sociedad y cómo ésta ha dictaminado la forma de leer a las personas, sino los cuerpos “equivocados” de quienes se identifican con el género opuesto al sexo que les fue asignado. ¿Traducción? Si te identificas como mujer pero tienes pene, lo que toca hacer es arreglarte, corregir el cuerpo que tienes en vez de enseñarle a la sociedad que pueden existir mujeres con pene y hombres con vagina. Obviamente mientras lo leía no hice sino pensar en mi reacción frente a los cambios corporales que esta youtuber documentaba en su canal. Yo, consciente del discurso que nos han echado la vida entera, aún reproduzco sin darme cuenta el pensamiento de que entre más te esfuerces en hacer de tu cuerpo lo que la sociedad te dice que debe ser, mejor. Ese que nos dice que quien nace con el cuerpo erróneo debe normalizarlo a toda costa.

Claro que Missé no hace una crítica a las personas trans que deciden cambiar su cuerpo, someterse a distintos tratamientos y pasar por el quirófano para una reasignación de su sexo. Él hace énfasis en el problema macro: no hay nada de malo en que tú decidas operarte, lo que está terriblemente mal es que se trate como enfermos a la gente trans, y se venda el discurso de que la única cura que hay para tu desorden es acomodar tu cuerpo a lo que es normal. Al final no hacen sino repetir incansablemente que lo natural es que las mujeres sean femeninas y tengan genitales de hembra y que los hombres, el opuesto complementario de las primeras, deben tener pene, ¡obvio! Después de todo, seguimos viviendo en un mundo en el que las únicas posibilidades son ser mujer u hombre “normales”; si no eres alguno de los dos estás fuera de lo normal y te jodiste.

Ante esto, la pregunta a responder es si lo que está mal es el cuerpo de las personas trans (pues el problema se ha centrado únicamente en este aspecto) y no la manera en la que la sociedad ha enfrentado este hecho. Claramente, como ya les dije,  la contradicción principal es la forma equivoca como nos han enseñado a interpretar a los cuerpos que no responden a la norma. “Lo que es problemático no es la persona transexual sino la sociedad en la cual vive; una sociedad que no puede encajar esta identidad y que solo valida el rol de género masculino en personas nacidas con cuerpo de hombre y el rol de género femenino en personas nacidas con cuerpo de mujer”, es lo que escribe Miquel Missé. Por esta razón no resulta extraño (y Miquel lo denuncia constantemente) que la comunidad médica, más que ayudar enteramente a las personas trans, se ha comportado como un vigilante del género. De ahí que muchos y muchas trans deban demostrar que se identifican como el género opuesto a su sexo. ¿Y cómo lo hacen? Reproduciendo estereotipos tradicionales (y sexistas). El autor cuenta, por ejemplo, como una amiga trans que normalmente usa jeans y sacos (como muchas mujeres cis lo hacemos) se maquillaba y usaba vestidos cuando tenía consultas con el psiquiatra, de forma que pudiera demostrarle que se identificaba como mujer. Adicionalmente, dicho discurso cierra toda posibilidad de que haya trans que simple y sencillamente no quieren someterse a ninguna operación porque pueden vivir bien con el cuerpo que tienen. Pero claro, por supuesto que eso no es posible para la sociedad: no existen los hombres con vagina. No existen cuerpos diferentes.

“La existencia de personas trans en nuestro entorno nos recuerda constantemente que vivimos en este sistema dicotómico con dos únicas identidades de género consideradas válidas y legítimas: hombre y mujer”, comenta Missé.

Miquel Missé, sociólogo y activista trans.

Yo, al igual que el autor del texto que les menciono, no estoy en contra de las personas trans que deciden operarse para “normalizar” su cuerpo. Tienen derecho a hacer todo lo que puedan para sentirse en la carne en la que se identifican. Tengo la suerte de haber nacido en un cuerpo que quiero como mío, y sueño con un mundo en el que todos y todas podamos tener la satisfacción de levantarnos cada mañana y ver en el espejo lo que realmente somos. Sin embargo, la reflexión que muchos teóricos y estudiosos del género, movimientos trans, feministas, queer, etcétera, nos dejan es ¿cómo sería vivir en una sociedad sin género o al menos, un género fluido, sin opuestos ni complementarios? No tendríamos problema alguno con encontrarnos con cuerpos distintos, con trans que no reasignan su sexo. Nadie sería más mujer que fulana ni menos hombre que sutano. Sin categorías ni jerarquizaciones este sería un lugar más feliz. Seguro que sí.

@lautomar

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