3 razones para admirar a las madres no siendo una

por Yuly Romero Garzón


Mi querido Joaquín esta es la segunda carta que te escribo, sabes que mi intención al hacer este ejercicio es que juntos encontremos la mejor decisión; que nazcas o que sigas siendo la eterna posibilidad de una agradable compañía que me resisto a tener.

Hoy tengo la necesidad de escribirte porque se acerca el día de la madre, 24 horas en las que los hijos se arrepienten de las palabras dichas, de los momentos no compartidos y de todos los dolores de cabeza provocados a sus incansables y eternamente preocupadas mamás, una fecha en la que un ramo de flores, una chocolatina o un almuerzo buscan ser suficientes demostraciones de cariño o gratitud por todos los esfuerzos e incontables sacrificios. Sacrificios que todas las madres exhiben con orgullo.

No quiero decirte que no se deban tener muestras de afecto con el ser más querido, justo e incondicional que el universo haya concebido en su absurda perfección, al contrario, me parece que un día no es suficiente para demostrar lo que sientes y lo mucho que tienes por agradecer a estas valientes mujeres. Si algún día decides nacer quiero que recuerdes varias de las razones por las que admiro a las madres, solo entonces entenderás el porqué tuve que escribirte estas cartas y los dilemas de ser madre o no.

  1. Porque madre solo hay una, y aún así eligió serlo: hay cosas feas que un hijo dice de su madre, que no lo entiende, que es enchapada a la antigua, que no evolucionó con la tecnología y hasta piensa por qué le tocó esa mamá si la del amigo es mejor, está joven, no lo jode por las llegadas tarde, le da plata para que se vaya de parranda… en fin, el montón de justificaciones que siempre se tiene para envidiar lo que tiene el otro; pero una madre nunca hablará mal de su hijo, su amor es incondicional y su abnegación irracional. Es la única persona que sin importar el error que cometas -tenga o no, graves consecuencias- te justificará ante cualquiera.
  2. Su tarea es ardua y la responsabilidad es grande: los cambios desmedidos y paulatinos del cuerpo, las nauseas, el rito para poder dormir los últimos meses del embarazo y el parto son tan solo un abrebocas de lo que será esta tarea. Dormir unas cuantas horas -si eres bebé, porque comes a cada rato; si eres adolescente, porque no llegas a casa-, los sustos y las emergencias -si eres pequeño, porque lloras y ella no sabe qué tienes; si ya eres grande, porque sufriste algún accidente-; y por supuesto, las atemorizantes responsabilidades de saber si te está educando bien, si es suficiente el tiempo que te dedica y si tu formación fue la correcta para que sepas defenderte en el mundo y escoger tus amistades. Todos aprendizajes a base de prueba y error pues ningún hijo viene con manual.
  3. Dejan sueños y planes en stanby: sin importar cuántos viajes quería hacer a corto plazo, sin preocuparse por el semestre que hacía en la universidad, sin tener en cuenta el ascenso que recibiría en el trabajo o los proyectos profesionales que estaba emprendiendo, una madre deja todo en pausa y se vuelca a su hijo. Ahora su plan y única meta es asegurarse que nada te falte; sin embargo, esta misma mujer no olvida la lista que dejó pendiente y es capaz de retomar sus sueños, convirtiéndose en “todera” familiar. Es madre, ama de casa, estudiante, empleada; pelea por los servicios, con el colegio de sus hijos, vuelve a casa, cocina, acompaña a su hijo para que haga tareas y se acuesta con la satisfacción del deber cumplido.

Debo serte sincera, admiro a las madres pero no se si tengo la suficiente valentía para hacer todo esto, o más bien, si estoy dispuesta a hacerlo por ti.

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