Tal vez lleguemos a ser tres

por Yuly Romero Garzón


Mi querido Joaquín, desde la última carta que escribí para ti y por la que recibí más de una calificación de otros lectores, ha pasado bastante tiempo, un lapso en el que me he estrellado con algunas situaciones positivas sobre la maternidad y que quiero compartir contigo. En mi carta número cinco te contaré una de estas experiencias, una que se convierte en muestra clara de amor profundo e incondicional.

Quiero hablarte de la motivación que lleva a mover cada milímetro de tu cuerpo aunque no quieras ponerte en pie, del sentimiento que no conoce la traición y jamás lastima intencionalmente: el amor; pero no el de corazones y chocolates (aunque también emociona y te incita a hacer cosas increíbles) sino ese que se convierte en motor para tu vida y se hace necesario para respirar.

Querido mío, creo que una de las cosas más tristes que hay, es ver a alguien vagar por el mundo sin motivaciones, sin saber qué rumbo tomar o cuál es el destino al que quieren llegar. Hay personas que se suben a cualquier bus -aunque esté lleno hasta los ojos- porque no saben realmente qué ruta les sirve; hay otros que parecen hacer las cosas por inercia, como porque sí. A lo que voy con esto, es que considero que el amor es la única salvación al sin sentido de la humanidad.

Aunque el amor verdadero es algo complejo puedes identificarlo, es un sentimiento constante que te permite encontrarte cuando estás perdido o confundido, porque no es un estado sino un todo libre de egoísmo, puro y totalmente desinteresado. Para que comprendas mejor lo que intento explicarte, te daré un ejemplo.

Pilar es alguien muy especial para mí, es una persona a la que quiero, valoro y deseo lo mejor, (si decides nacer la querrás una vez la veas), es una mujer incansable física y moralmente, de esas que no aceptan un no y que siempre encuentran el aprendizaje en las peores situaciones. Es de esas mujeres en las que puedes confiar y que son ejemplo de vida.

Para resumirte toda su historia: será mamá. Mamá de Sofía, una bebé que al igual que tú ahora, no sabía si nacer o no, pero a diferencia tuya, no porque su mamá (yo) dudara de su compañía, sino porque el cuerpo de Pilar parecía no estar de acuerdo con la idea de llevarla durante 9 meses.

Pilar, después de años de intentos fallidos, hace casi ocho meses recibió la mejor noticia de su vida, la que esperaba desde que se dio cuenta que su capacidad de amar era tan grande que necesitaba a alguien más que a su esposo para darle todo el cariño, afecto y comprensión. No fue fácil superar la prueba, tuvo que dejar de trabajar y tener muchísimas más precauciones que las de un embarazo normal; pero no importó, porque su único deseo es ver la sonrisa de Sofía, acariciar sus pequeñas manos y asegurarse de que ella, su mamá, sea lo primero que vea cuando llegue al mundo.

¿Ves mi querido Joaquín? Sí existen decisiones por convicción. Lejos de sus temores, del miedo al no futuro, a la realidad del país o a la incertidumbre de si es la paz o la guerra lo que debemos hacer, Pilar dio el paso más grande en su vida por amor, porque no pudo dejar de imaginar una vida más allá de lo que ya conocía, porque sabe que Sofía se convertirá en la luz para los momentos difíciles.

¿Sabes qué es lo mejor de este amor? Que sin importar lo que pase, los mares que haya que atravesar o las pruebas que tenga que superar, el resultado será victorioso, porque el amor verdadero todo lo puede y todo lo soporta. Por eso mi querido Joaquín hoy me senté a escribirte esta carta, porque quise que fueras el primero en enterarte de que tal vez tú y yo tengamos una oportunidad.

Tal vez solo me siente a esperar, el tiempo es el mejor aliado, tal vez un día despierte y lo único que me de fuerzas para poner el pie en el piso helado, sea el amor profundo por tu compañía. Lo único que sé es que te amo y solo quiero lo mejor para los dos, por eso y si decides acompañarme en el camino, te convertirás -como Sofía para Pilar- en mi segundo gran amor.

…Y seguiríamos el curso de la vida…

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