No era el hombre de mi vida

por Julia Alegre


No era el hombre de mi vida pero me quedé. Ahí sentada, inmóvil, viendo el tiempo pasar.

No era el hombre de mi vida, pero me maravillaba. Tenía esa inocencia que sólo mantienen las grandes almas, a las que aún nadie ha enviciado.

No era el hombre de mi vida, pero la decisión de apartarme de su lado se me hacía cuesta arriba. Siempre fui mujer de grandes perezas.

No era el hombre de mi vida, pero me quedé a ver si algo cambiaba. Pero de donde no hay, no se puede sacar.

No era el hombre de mi vida, era el hombre del momento. Un momento indefinido y extensible. “Hasta que el cuerpo aguante”, dicen. O hasta que lo haga el corazón, digo.

No era el hombre de mi vida, pero tampoco le dejé que buscara algo mejor. Los absolutos son un mal aliado. También los títulos idealistas y caducos. Así que, le mantuve cerquita.

No era el hombre de mi vida porque a ese le dejé escapar. Ahora vive feliz en otro mundo, con otra loca; en otro hemisferio…

No era el hombre de mi vida, pero le adjudiqué todas las cualidades para creerme que efectivamente lo había encontrado.  Por un tiempo funcionó…

No era el hombre de mi vida, pero me enamoré de él, con locura y pasión. La misma que era incapaz de expresarle.

No era el  hombre de mi vida, pero ¿y a quién le importa?

No era el hombre de mi vida porque nuestra vida conjunta no iba para ningún lado. Los planes a largo plazo fueron remitidos al futuro, un futuro que ninguno de los dos estuvimos dispuestos a experimentar el uno con el otro.

No era el hombre de mi vida porque nunca quiso tener ese calificativo. Ni lo quiso, ni lo buscó, ni trató de obtener el reconocimiento. No lo necesitaba.

No era el hombre de mi vida porque yo tampoco se lo permití. Le inundé a imposiciones, a reclamos, y deseché todos sus intentos por enamorarme.

No era el hombre de mi vida porque dejamos demasiadas palabras sin decir, y demasiados supuestos sin contrastar.

No era el hombre de mi vida pero me hacía inmensamente feliz. Todo lo feliz que puede ser uno sin pasiones desenfrenadas, promesas de amor y compromisos eternos. Pero teníamos paz, mucha paz y tranquilidad.

No era el hombre de mi vida pero desbordábamos complicidad. Con una mirada sabía lo que pasaba por su cabeza. Y él nunca dejó de mirarme…

No era el hombre de mi vida porque impuso el sentido común a la emocionalidad, la normativa a la locura, la rigidez a la irracionalidad. Y ami lo estático me desestabiliza.

No era el hombre de mi vida porque puse demasiado peso sobre su espalda. Demasiada carga emocional innecesaria, demasiados miedos que no le correspondía curar, demasiadas inseguridades que él no me había generado.

No era el hombre de mi vida porque intenté cambiarle. Y dicen por ahí que “quien te quiere bien, no tratará de cambiarte”.

No era el  hombre de mi vida porque le hice daño. Con saña, en pequeñas dosis, calculado.

Nunca fui la mujer de la suya, porque le obligué a que me dejara tirada, a abandonarme como un perro.

Fue entonces cuando decidí mandar todos los clichés a la mierda. Y con ellos, todos los miedos, las inseguridades, el negativismo, las imposiciones, el egoísmo, la toxicidad, las exigencias, los “quiero y no puedo”, las barreras, las estupideces, los idealismos arcaicos y un larguísimo etcétera. Los míos, los suyos y los del resto.

Durante este largo recorrido que fue romper con todas mis viejas mañas, él se quedó a mi lado. Y nunca dejó de mirarme con esos ojos; de brindarme una mano amiga.

Nunca será el hombre de mi vida. ¿Quién puede soportar ese peso? Yo tampoco quiero ser la mujer de la suya.

Pero ahora mismo él es mi persona favorita. Yo la suya.

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