Me rehúso a hacer otra dieta

por lacucharadecata


Nunca antes las personas se habían preocupado tanto por lo que comen, como ahora. El problema es que, en el pasado, jamás había sido tan difícil mantener un peso saludable. Somos una sociedad sedentaria, que mientras envía correos come frituras, dulcecitos con químicos añadidos, un sánduche al almuerzo, y bebidas con tanta azúcar escondida que ni te imaginarías; así que sí: hoy es complicadísimo mantenerse en forma. Por supuesto, esta coyuntura es un banquete para laboratorios, médicos irresponsables y un montón de vivos que diseñan dietas o productos con un solo objetivo: perder kilos en cuestión de días.

Con tanta información que pulula por ahí, uno cae. Yo caí. Más de una vez. ¿Y qué me pasó? Bajaba y subía; me deprimía. Volvía a bajar y luego, a subir. Me sentía culpable si comía helados y pizza el fin de semana y me reprimía los días siguientes a punta de ensalada para compensarlo (y de clases de rumba). Tomaba tés detox, solo líquidos de noche y la báscula era mi enemiga, en fin. Toda esa locura hasta que encontré la luz, la respuesta, la solución: comer intuitivamente.

Este concepto (Intuitive Eating) fue acuñado por dos médicas norteamericanas: Evelyn Tribole y Elyse Resch. Ellas publicaron un libro ahondando en esta filosofía de vida, que entre otras cosas, tiene diez principios infalibles (que yo sigo) y que te pido a ti, mujer, que sigas también. Puede que desconfíes de mis palabras; da miedo pensar que ‘de esto tan bueno no dan tanto’, pero solo pregúntate: Si ya has pasado tanta hambre, ¿por qué no intentar por primera vez, un plan de alimentación en el que puedes comer todo lo que te gusta?

  1. Rechaza la mentalidad de dieta: no creas en enunciados como Pierde grasa en diez días o Abdomen plano en una semana. No vas a perder peso permanentemente de forma rápida. Esto es solo una ilusión, políticamente pagada.
  2. Respeta tu hambre: vuelve a lo básico; a honrar tu necesidad biológica de ingerir alimentos para sobrevivir. Come solo cuando tengas hambre genuina, de esa que te hace rugir levemente el estómago.
  3. Haz las paces con la comida: date el permiso incondicional de comer lo que se te antoje. No hay comida buena ni mala. La satanización de alimentos termina en un círculo vicioso de restricción de los ‘malos’, seguida de antojos incontrolables, y otra vez, restricción.
  4. Pilas con la vocecita que te juzga: elimina los pensamientos negativos relacionados con lo que comiste y contigo misma. No eres ‘mala’ por comerte ese último pedazo de torta de chocolate. Esas ideas son peligrosas y poco sanas; la culpa puede terminar enloqueciéndote, literalmente.
  5. Respeta tu llenura: escucha a tu cuerpo cuando se vaya sintiendo satisfecho para que puedas parar a tiempo; mastica bien los alimentos, no engullas, no hay afán; ningún depredador te va a quitar el plato.
  6. Busca el factor ‘satisfacción’: en muchas culturas, comer es una experiencia casi que espiritual. Procura imitarlas estando presente en el momento de ingerir alimentos, siente los aromas, sabores y texturas, siente el placer de comer y verás cómo tu cuerpo se vuelve más receptivo con lo que le gusta y con sus niveles de llenura.
  7. Enfrenta tus emociones: encuentra maneras de controlar el estrés, la ansiedad o la tristeza, que no tengan nada que ver con ese helado que “necesito en este día tan difícil”. Eso no resuelve el problema, al contrario, te genera uno más: el que ya existía, y el de comer compulsivamente.
  8. Respeta tu cuerpo: genéticamente, tienes un biotipo. Por más que aguantes hambre, puede que nunca pierdas esas curvas voluptuosas de tus caderas. Ámate así. Sé amable contigo misma y disfruta de tu figura.
  9. Ejercítate (y siente la diferencia): no tiene que ser Insanity o Crossfit, con 30 minutos de caminata ya verás la diferencia. No lo hagas para compensar todas las calorías que comes sino para sentirte enérgica y tranquila.
  10. Honra tu salud: ser más inteligente e intuitiva a la hora de escoger lo que comes, es la clave. Tú ya sabes que, por ejemplo, las frutas y las verduras te hacen bien; así que descubre qué alimentos frescos te funcionan e incorpóralos poco a poco.

Y por último, confía en tu cuerpo. Eventualmente, notarás que ya hay sabores que no te gustan tanto, que hay comidas que te dan energía y otras que te producen sueño; también te sentirás más liviana, no solo porque tu peso se estabilizará, sino porque esa vocecita de tu cabeza también mermará. Comprobado.

¿Y entonces qué? ¿Cuándo es que empiezas?

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