¡No quiero ser gorda!

por lacucharadecata


Hay algo que nos une –me atrevería a decir– a casi el 90% de las mujeres: las ganas de mantenernos flacas. Yo sé, puede que esta “falsa necesidad” esté relacionada con el bombardeo mediático de esas modelos 90/60/90 que se la pasan mostrando sus esculturales cuerpos en televisión; o con el machismo remanente, porque aceptémoslo: los tipos en una rumba buscan a las mujeres más atractivas y delgadas para ‘caerles’ (aunque de vuelta no siempre podamos exigir lo mismo, porque uno sí es la pendeja que le encuentra la belleza a la barriguita fofa); o simplemente con el puro capricho.

El punto es que, ya sea porque dejamos de ejercitarnos por falta de tiempo, porque nos fuimos a vivir solas y ahora nos alimentamos a punta de domicilios o porque tuvimos un bebé, hay un momento de la vida en el que nos miramos al espejo preguntándonos: ¿Qué me pasó? ¿Por qué ya no me entra el jean? Y la más peligrosa de todas: ¿ahora, cómo hago para bajar estos kilos de más?

Es ahí cuando caemos en lo que yo llamo ‘el abismo de las dietas estúpidas’. La de los no carbohidratos, la de la piña, la de las sopas, la del pepino, la de la proteína mañana, tarde y noche, la Atkins, la subway; o entramos en un círculo vicioso de manías nada saludables: ayunos, infusiones dizque quema grasa, pastillas llenas de anfetaminas, fajas, geles reductores plagados de yodo (que afecta el funcionamiento de la tiroides), malteadas adelgazantes, ejercicio no controlado, entre otras, que en algunos casos pueden llegar a desencadenar un trastorno alimenticio como la anorexia o la bulimia.

La cosa es la siguiente: NADA funciona, por varias razones. La primera: ninguna de esas opciones es sostenible en el tiempo, me refiero a que nadie puede dejar de comer carbohidratos de por vida; eso es imposible y además poco sano, porque ningún grupo de alimentos debería ser eliminado de la dieta. La segunda: las motivaciones no son las correctas. Bajar de peso debería ser un objetivo con un trasfondo médico, no meramente físico ni superficial. La necesidad no es perder esos kilos. No. Es más bien nivelar los niveles de azúcar y colesterol, desintoxicarnos, sentirnos saludables y enérgicas, sin importar lo que diga la báscula. Lo que me lleva al tercer punto: en medio de esta locura por adelgazar, hay una completa desconexión entre el cuerpo, la mente y el espíritu. Y es ahí donde fallan las dietas que se convierten en un círculo vicioso de perder-ganar-perder-ganar.

¿Cuál es la solución entonces? Reconectarse con las necesidades del cuerpo. Comer conscientemente –filosofía de la que les estaré hablando más adelante y que llevo aplicando exitosamente desde hace unos meses gracias a la psicóloga experta en Nutrición Mónica Villarreal–.

Aprender a identificar cuándo se tiene hambre, si en verdad se tiene o si es una respuesta a una emoción en particular; comer lo que a uno se le antoje controlando las porciones (sí, señoras, incluido el chocolate); identificar qué hace bien y qué cae mal; responsabilizarse de las decisiones alimenticias; saber que el camino hacia una vida saludable implica ser constante y consciente y que no hay fórmulas mágicas ni caminos más cortos. Hay que ir poco a poco, cada cual a su ritmo, sin afanes, sin fechas de caducidad.

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