De odiar a las mujeres a feminista. Una historia de amor.

por Laura Andrea Torres


Cada vez que recuerdo cómo yo era a los trece o catorce años se me retuercen las tripas. Les explicaré por qué, para que entiendan la razón de este sentimiento, pero más importante aún, para que vean lo que ha sido el feminismo para mí los últimos dos o tres años.

Hace siete años yo tenía casi 14 años. Era una Laura más tímida, muchísimo más cerrada a ciertas cosas y con una característica elemental: odiaba todo lo que representara la feminidad. Si bien mis amistades eran en su mayoría mujeres, me producía fastidio que me asociaran con lo que, en su momento, creía que era ser mujer. Decía sin una pizca de remordimiento que no quería a las mujeres por chismosas, por dramáticas y por complicadas. No confiaba del todo en ellas (nosotras) y aunque, paradójicamente no me molestaba ser mujer, me esforzaba por no encajar en ese molde femenino que me habían vendido.

No obstante, exigía que no nos subestimaran, que no nos trataran como meros objetos y que ante todo, nos respetaran. Cuando cumplí 16 maduré un poco más; ya no vivía en esta lucha constante con las demás mujeres del planeta (incluida yo). Y aunque seguía creyendo que éramos chismosas, falsas y demás, era algo con lo que intentaba vivir.

¿Cómo explicarían esta contradicción? ¿Cómo entender que, aunque no me molestaba ser mujer e intentaba abogar por mis derechos, el que me encasillaran en el “molde femenino” me producía tanta exasperación? No tuve la respuesta sino hasta que, a mis dieciocho años y en mi tercer semestre en la universidad, empecé a familiarizarme con la palabra feminista.

He de admitir que fui de esas personas que, en medio de su ignorancia, satanizó al feminismo. Para mí las feministas eran un grupo de mujeres locas y radicales. Cuánto tiempo perdí solo porque me dejé llevar por imaginarios sin sentido. Pero acá estamos. Hoy más que nunca me siento orgullosa de decir que soy feminista. Me falta muchísimo que aprender y entender, sin embargo, más que una desventaja, me parece valiosisimo tener claro que ser feminista es un proyecto en construcción.

Sobre la contradicción que mencioné arriba, entendí que nunca lo fue. Yo no odiaba a las mujeres. Odiaba el estereotipo absurdo que esta sociedad machista y heteropatriarcal nos ha vendido la vida entera. No somos ni locas, ni dramáticas, ni chismosas ni nada. Mi lucha nunca fue contra ellas, sino contra un imaginario que nos metieron hasta las entrañas, al punto tal que aún hay muchas mujeres que siguen creyendo que entre nosotras no debemos apoyarnos.

De ahí que lo que más le agradezco al feminismo es que me ayudó a reconciliarme no sólo conmigo misma, sino con el resto de mujeres. Perdón, mil veces perdón por haber sido tan machista. Luego de este proceso, empecé a valorar más mi feminidad. Por fin entendí que ser femenina no es algo inherente al género con el que me identifico, ni mucho menos es algo malo. Ahora la abrazo y la exploto como quiero. Pese a que sigo siendo una mujer increíblemente insegura, el feminismo me ha hecho empezar a apreciar partes de mí que odiaba. Además, me ha hecho más consciente de los privilegios que tengo y de cómo éstos configuran los problemas que como mujer puedo tener o no. Aún me falta muchísimo camino por recorrer, pero sin éste, dudo mucho que la mujer que soy hoy siquiera exista.

El feminismo es una lucha por la igualdad. Es un movimiento de resistencia que ha cambiado la vida de las mujeres tanto a nivel colectivo como a una escala personal. Éste aboga porque cada mujer sea libre de tomar sus decisiones y porque dejemos de darnos tanto palo entre nosotras. No obstante, creer que lucha se agota acá es quedarse cortx. No se trata únicamente de decirnos que entre chicas debemos ser amiguis y amarnos la vida entera. Claro que debemos hacerlo, pero esto es en vano si no empezamos a deconstruir y a eliminar las estructuras heteropatriarcales que subyacen nuestras relaciones y por ende, nuestros problemas.

En este momento me gustaría tener a mi yo de catorce años al frente. De esta forma me diría que basta de tanto odio. Me diría una y otra vez que las mujeres somos más que lo que nos habían vendido. Que yo no tenía que cumplir con ninguna expectativa más allá de las propias. Me daría un abrazo y me diría: te perdono por todo, ya aprenderás; conocerás al feminismo y tu vida cambiará.

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